Traición
Todos los derechos pertenecen a los creadores de los personajes, esta historia es sin fines de lucro. Advertencia, esa historia retrata temas oscuros.
Rafael
El cazador apenas había cerrado la puerta del área de reposo cuando su comunicador vibró con insistencia. Lo sacó del bolsillo con un gesto irritado y leyó el mensaje que parpadeaba en la pantalla: «Estimado Sr. Valdez, le informamos que, debido a restricciones regulatorias internas, no podremos continuar proporcionándole el elemento para la cría de Q-04. Agradecemos su comprensión.»
—¡Maldita sea! —exclamó, golpeando la pared con el puño.
Caminó a grandes zancadas hacia su oficina privada, donde una pared entera de monitores mostraba diferentes ángulos de las instalaciones. En la pantalla central, Leo reposaba inmóvil sobre el lecho acolchado, su caparazón herido subiendo y bajando con cada respiración lenta.
Se dejó caer en la silla, pasando una mano por su rostro cansado. Tenía tiempo, sí, pero necesitaba asegurar una nueva fuente de inmediato. Sin material para Q-04, no podría producir más crías. Y sin crías, no habría ganancias.
Abrió otro archivo en su computadora: el registro de tortugas libres. Tres nombres parpadeaban en la lista, cada uno con una última ubicación conocida que databa de hacía más de un año. Desde que el líder desapareció, los demás se habían ocultado bien. Demasiado bien.
—Sé que están ahí —murmuró, golpeando el escritorio con los nudillos—. Solo necesito encontrarlos.
Pero rastrear tortugas libres era casi imposible para un humano. Sus rastros eran fríos, sus movimientos erráticos, sus escondites perfectos. La única criatura capaz de seguirlos, de olfatear su rastro químico único, de detectar las feromonas que dejaban en su huida... era otro de su misma especie. Y el único espécimen que había demostrado esa capacidad era Q-04.
Miró de nuevo la pantalla. Leo seguía inmóvil, ajeno a la tormenta que se cernía sobre él.
—Maldición —susurró, recostándose en la silla.
...
Esa noche, el Cazador se movía por la penumbra del alcantarillado con la precisión de un depredador curtido. Sus ojos, fríos como el hielo, buscaban cualquier señal que lo condujera hacia su presa, otro de los hermanos. Había estudiado sus patrones, sus debilidades y sus rutinas. Y ahora, tenía un plan.
Con cuidado, extrajo de su chaleco táctico un pequeño frasco que contenía un líquido translúcido: un extracto genético sintetizado de Leonardo, su «tortuga de cría». No era una muestra cruda, sino un compuesto diseñado para ser imperceptible para cualquier criatura que no poseyera los sentidos agudizados de un mutante.
El Cazador llegó a una tubería que se ramificaba hacia un pasadizo lateral, una ruta que las tortugas solían frecuentar en sus patrullas. Con un gotero, depositó unas pocas gotas sobre el metal oxidado. El compuesto se evaporó casi al instante, dejando tras de sí un aroma que para un humano sería inexistente, pero que para una tortuga era un grito de auxilio; una mezcla antinatural de ozono y algas marinas.
Satisfecho, el Cazador se retiró a las sombras, ocultándose en la oscuridad con una paciencia gélida. Sabía que Rafael, el más impulsivo y protector de los hermanos, no dudaría en seguir el rastro de Leonardo, convencido de que su hermano estaba cerca y en peligro. Rafael era la pieza perfecta; poseía la fuerza y la vitalidad que el negocio requería.
Mientras tanto, en otra sección del laberinto subterráneo, Rafael patrullaba en solitario. Su mente estaba anclada en el vacío que Leo había dejado. A pesar de sus diferencias constantes, lo quería con una lealtad feroz; daría su vida por encontrarlo. De repente, un aroma familiar se filtró en sus fosas nasales. Se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra su plastrón. Era él. El rastro de Leonardo.
Su instinto le gritó que algo andaba mal, pero la desesperación por recuperar a su hermano fue más fuerte. Siguió el rastro con los sentidos al límite, sin imaginar que cada paso que daba lo arrastraba más profundo hacia la trampa del Cazador.
...
El aroma a ozono y algas se volvió más intenso a medida que Rafael se adentraba en el túnel, un rastro que le quemaba los nervios y le nublaba el juicio.
—Leo... —murmuró para sí mismo, apretando el mango de sus sais.
La impulsividad le ganó a la cautela; no notó la fina red de cables de acero que cruzaba el techo, casi invisibles en la penumbra. Estaba demasiado angustiado; hacía más de un año que no tenían noticias de su hermano mayor y aquella pista, tan repentina, lo había dejado completamente desconcertado.
Al pisar una rejilla oxidada, un mecanismo se activó con un chasquido seco. Rafael reaccionó por puro instinto, pero era demasiado tarde. Los cables se tensaron, proyectándose hacia él como serpientes metálicas que lo inmovilizaron contra la pared, atrapando sus brazos y piernas con una fuerza hidráulica que le cortó la respiración.
Antes de que pudiera siquiera intentar forzar las ataduras, un siseo de gas adormecedor brotó de las paredes. Rafael forcejeó, con los músculos tensos por la adrenalina, pero el químico actuó con una rapidez aterradora. Su visión comenzó a oscurecerse, los bordes de la realidad se difuminaron y la fuerza en sus manos se desvaneció.
El Cazador emergió de las sombras, su silueta recortada por la tenue luz de un farol. Caminó con parsimonia hasta quedar frente a la tortuga, cuyo rostro comenzaba a relajarse en una inconsciencia forzada.
—Un espécimen tan testarudo como valioso —susurró el hombre, observando cómo la cabeza de Rafael caía sobre su pecho—. Leonardo fue el cebo perfecto, pero tú serás la pieza central para multiplicar mis ganancias.
Con un gesto seco, el Cazador presionó un botón en su muñeca. Un contenedor reforzado, revestido con placas de plomo y sensores de biocontención, descendió del techo mediante un sistema de poleas. En cuestión de minutos, Rafael fue sellado dentro de la cápsula. El Cazador se giró y comenzó a arrastrar su premio hacia las profundidades, rumbo a un laboratorio donde la ciencia no conocía límites y la ética era solo un recuerdo olvidado.
...
Al mismo tiempo, en el laboratorio, dos técnicos se acercaron con guantes de neopreno y una camilla reforzada. En cuanto Leo los vio, algo se encendió en su pecho. No era miedo; era una furia líquida y ardiente que le quemaba las venas y le aclaraba la mente como nunca antes. No. No volveré a dejar que me conviertan en su objeto.
Cuando las manos enguantadas intentaron sujetarlo, Leo giró el torso con un esfuerzo brutal, haciendo crujir las correas. Lanzó un cabezazo que conectó con el casco de uno de los técnicos, haciéndolo retroceder con un grito ahogado.
—¡Mmph! ¡Mmmph! —rugió a través del bozal, con los ojos inyectados en sangre y las escamas del cuello erizadas en una línea de defensa puramente instintiva.
—¡Sujétenlo! —gritó el jefe del área desde la puerta—. ¡Sedantes, ahora!
Leo no se rendía. Pateó, mordió el bozal hasta que sus encías sangraron y retorció su cuerpo en ángulos imposibles. El dolor era un incendio, las heridas de su caparazón se abrían con cada espasmo y su vientre distendido —esa carga impuesta— le latía con un dolor sordo y agónico. Pero no le importaba; prefería destrozarse por dentro antes que volver a ese lugar.
Pero eran cuatro contra uno. Estaba encadenado, herido y gestante.
Uno de los técnicos logró inmovilizar sus extremidades, mientras otro le sujetaba la cabeza con una fuerza brutal. Un tercero se acercó con una jeringa de líquido ámbar.
—Dosis reducida —ordenó el jefe de área—. No quiero comprometer la viabilidad de la nidada.
La aguja se clavó en su cuello, donde la piel era más blanda. El líquido frío se expandió como un veneno por su sistema; no era un sedante total, sino un relajante muscular diseñado para traicionar a su propio cuerpo. Sus músculos se aflojaron contra su voluntad, el peso de sus miembros se volvió absoluto, como plomo fundido. La furia seguía rugiendo en su mente, pero sus nervios ya no le obedecían.
Malditos... pensó, mientras su conciencia se hundía en un pozo de impotencia.
Lo cargaron como a un fardo a través de los pasillos estériles. Leo veía las luces parpadear, los rostros indiferentes de los técnicos y el túnel blanco que conducía de nuevo a la sala de gestación. Cualquier lugar menos ahí.
La sala lo recibió con su silencio antiséptico y el siseo del vacío. El aire, gélido y cargado de químicos, le golpeó el rostro. La lámpara de espectro selectivo emitía esa luz ámbar eterna, diseñada para anular cualquier noción del tiempo.
Lo arrojaron sobre la plataforma. La arena tratada se adhirió a su piel húmeda, irritando las heridas abiertas. —Posición de genuflexión —ordenó el jefe por el intercomunicador—. Acomódenlo.
Los técnicos lo forzaron a arrodillarse, inclinando su torso hacia adelante y obligando a su plastrón a presionar contra el sustrato. El peso de las posturas en desarrollo le comprimía los pulmones, convirtiendo cada respiración en un esfuerzo agónico. Luego, el zumbido de las correas magnéticas se cerró sobre sus muñecas, tobillos, cintura y cuello, fijándolo con precisión quirúrgica. Leo era ahora un espécimen expuesto, un insecto en una caja de exhibición.
Entonces, el sonido que temía, el taladro quirúrgico. El metal giró bajo la luz ámbar y una garra fría de pánico le oprimió el pecho. El primer perno de titanio se clavó en los márgenes de su caparazón con un chirrido metálico que le taladró el cráneo. Un dolor eléctrico lo recorrió, seguido por el pinchazo de los electrodos que se conectaban a su carne para «leerlo».
Frecuencia cardíaca: 140 lpm. Conductividad: elevada. Estabilidad de la nidada: óptima. Los datos fluyeron en las pantallas de Valdez como una sentencia. Cada perno adicional era una violación a su integridad, un anclaje que lo reducía a una máquina biológica de incubación. Los cables se extendieron sobre su cuerpo, transmitiendo cada latido, cada contracción involuntaria, cada gramo de su dolor.
Cuando terminaron, el silencio regresó. El dispensador automático comenzó a gotear nutrientes frente a él, un sonido rítmico que marcaba los segundos de su cautiverio. El grupo de hombres se retiró, dejando a Leo solo, inmovilizado y monitorizado. No había sombras. No había escape. Solo la luz eterna, el peso de su vientre y la vigilia fría de los sensores, observando cómo su cuerpo, robado y alterado, cumplía con el propósito de su captor.
...
El tiempo en la cámara de gestación dejó de ser una medida lineal para Leo; se convirtió en un ciclo opresivo de luz ámbar y neblina química. Sus pensamientos, fragmentados por los fármacos, se disolvían en la penumbra. A veces, la angustia era un grito sordo en su garganta; otras, simplemente un vacío absoluto. No sabía si habían pasado horas o semanas desde que lo encadenaron; estaba a la deriva en un abismo de estéril soledad.
En el centro de control, Valdez observaba los monitores con una frialdad gélida. Los datos biométricos no mentían, las fluctuaciones en la tasa de desarrollo eran erráticas. Tras un último escaneo profundo, el Cazador dejó escapar un suspiro de decepción.
—El material genético no es compatible —sentenció Valdez, apagando la pantalla con un gesto brusco—. La nidada es defectuosa. El anfitrión está desperdiciando recursos.
Se giró hacia los técnicos, quienes aguardaban instrucciones en silencio. —No tiene sentido prolongar esto —dijo con absoluto desdén—. Acaben con este lote. Preparen al sujeto para la extracción quirúrgica inmediata; los huevos no son viables, así que deséchenlos.
Valdez caminó hacia el cristal de observación, mirando a Leo, quien permanecía postrado, inerte bajo la luz artificial.
—En cuanto al otro —añadió, su voz destilando una crueldad metódica—, tendremos un retraso de dos semanas, pero el cambio de estrategia será mucho más fructífero. Inicien el protocolo de recuperación. Su capacidad de regeneración es asombrosa; en siete días, sus tejidos estarán listos para ser intervenidos de nuevo.
Los técnicos asintieron y comenzaron a teclear secuencias de desmantelamiento. —Preparen el siguiente ciclo —ordenó el Cazador mientras se alejaba—. Si este espécimen se rompe, buscaremos otro. Pero, por ahora, asegúrense de que esté en condiciones para la nueva fecundación. No quiero más errores.
Dentro de la cámara, Leo apenas pudo registrar el siseo de las válvulas al abrirse. El mundo se movía a su alrededor: una coreografía de científicos indiferentes que hablaban de él como si fuera una pieza de maquinaria desgastada. Estaba siendo vaciado de una vida que nunca quiso cargar, solo para ser preparado como un lienzo en blanco para la siguiente atrocidad. El ciclo de dolor estaba a punto de reiniciarse y él, atrapado en sus propias cadenas, no tenía más opción que esperar a que la pesadilla comenzara otra vez.
En esta ocasión, no hubo reparos en utilizar anestesia general. No había necesidad de salvar su integridad física más allá de lo estrictamente funcional, ni intención alguna de preservar su dignidad. Lo sedaron sin contemplaciones. Cuando Leo despertó nuevamente, estaba en su celda original; se sentía diferente, vacío, como una carcasa rara y quebradiza. El Cazador había dictado sentencia, comenzaría el tratamiento de preparación para que el cuerpo de Leo estuviera listo para la siguiente inseminación en un par de semanas.
...
La puerta de la celda de Rafael se abrió con un chirrido metálico. Rafael levantó la vista, los ojos inyectados en sangre, las muñecas marcadas por las correas. Había pasado horas inmovilizado, los electrodos zumbando contra su piel, las inyecciones hormonales provocando un calor artificial y enfermizo que recorría sus venas, una invasión que detestaba.
Valdez entró, las manos en los bolsillos, con una tranquilidad que resultaba insultante. Caminaba como quien recorre una galería, no una celda de tortura.
—Ah, Rafael —dijo, deteniéndose ante la camilla—. Veo que los tratamientos están funcionando. Tus signos vitales son estables. Las hormonas están en niveles óptimos para la integración.
Rafael escupió al suelo, a centímetros de los zapatos de Valdez. —Vete al infierno.
Valdez ni se inmutó. Sacó un pañuelo, limpió el suelo con calma y luego se agachó frente a Rafael, apoyando los codos en las rodillas.
—Sabes, Rafael —comenzó, con ese tono conversacional que helaba la sangre—, tu hermano ha sido una inversión fascinante. No la más eficiente, debo admitirlo, pero el espécimen Q-04 es... especial.
Rafael sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Leo? —su voz salió rasposa, cargada de una tensión que no pudo ocultar—. Él no es un objeto, es mi hermano. No tienes ni idea de quién es.
—Oh, tengo una idea muy clara de lo que es —Valdez sonrió, ignorando el desprecio de Rafael—. Y es precisamente esa naturaleza suya la que me ha dado tanto trabajo. Durante el último año, su cuerpo ha tenido que adaptarse a funciones que ignoraba hasta que las despertamos.
Rafael frunció el ceño, confundido. —¿De qué hablas?
—Hablo de tres nidadas, Rafael —Valdez soltó el dato con una naturalidad glacial—. Tres veces ha pasado por el proceso completo.
Rafael soltó una carcajada amarga, aunque el miedo empezaba a filtrarse por sus grietas. —Estás loco. Leo es un hombre. Un hermano. No sé qué clase de tortura le has hecho, pero eso es biológicamente imposible. Estás delirando.
—Es fascinante cómo la negación es el mecanismo de defensa favorito de los hermanos —Valdez suspiró—. Mira, Rafael: la mutación no solo da fuerza o agilidad. A veces, profundiza en lo que la naturaleza dejó inacabado. Leo, al ser un mutante de su clase, posee una herencia anatómica compleja. Es hermafrodita. Su sistema reproductor femenino no era una anomalía, era una función latente, perfectamente operativa. Solo necesitó el estímulo hormonal correcto para activarse.
Rafael sintió que el mundo se le venía encima. La revelación fue como un golpe en el estómago que le quitó el aire. Leo. Su hermano, el estratega, el guerrero, reducido a un organismo funcional para otros fines. La náusea, que hasta hace un momento era solo rabia, se transformó en una sensación de horror absoluto.
—No... —susurró Rafael, negando con la cabeza, con la voz quebrándose—. Él no... nosotros no fuimos hechos para eso.
—Él no tenía opción —continuó Valdez—. Ocho, doce crías por vez. Treinta y dos unidades procesadas en total. Al principio, la compatibilidad genética era errática, pero el proceso... el hecho de que él pudiera gestar, cambió todo lo que sabíamos sobre los mutantes de su tipo.
Rafael cerró los ojos con fuerza, tratando de borrar las imágenes que su mente empezaba a construir: Leo, solo, encerrado, convertido en un incubador contra su voluntad. La realidad de que su cuerpo fuera un receptáculo era una aberración que no podía procesar.
—Lo has destruido —rugió Rafael, tirando de las correas, pero su voz ya no sonaba a amenaza, sino a una súplica rota—. ¡Lo has convertido en algo que él nunca hubiera aceptado!
—Lo he optimizado —corrigió Valdez, poniéndose de pie—. Aunque, tras tres ciclos, su cuerpo se agotó. Se volvió estéril. Un contenedor vacío que ya no nos sirve. Pero tú... tú eres sangre nueva. Genética fresca. Y, lo mejor de todo, eres su hermano. La compatibilidad entre parientes directos maximiza la viabilidad.
Valdez se inclinó sobre él, con los ojos brillando de una codicia fría. —Con tu carga genética, Rafael, Leo podrá ser "reactivado". El ciclo puede volver a empezar, pero esta vez con la pureza que buscamos.
La náusea golpeó a Rafael con la fuerza de un impacto físico. La idea de que el cuerpo de su propio hermano fuera utilizado para gestar a partir de él, creando un círculo de horror infinito, era una pesadilla de la que no podía despertar.
—No lo hagas —suplicó Rafael, la voz apenas un hilo—. Por favor... no a él.
—Ya está hecho —respondió Valdez, caminando hacia la puerta sin mirar atrás—. Mañana comenzamos los protocolos finales. En una semana estarás listo para el apareamiento. Y créeme, cuando Leo vea el resultado, él será el primero en agradecer el cambio de semental.
La puerta se cerró con un golpe seco. Rafael se quedó solo en el silencio absoluto. Las lágrimas corrían por sus mejillas, no de miedo, sino de un horror puro, negro, absoluto. La certeza de lo que le habían hecho a Leo, y la atroz imposibilidad de lo que el destino le tenía preparado a él.
Tres veces.
Cerró los ojos, pero la oscuridad ya no era un refugio. Solo era el escenario donde veía, una y otra vez, la figura de Leo, marcada por el cautiverio y el abuso, esperando en la penumbra. Nada volvería a ser igual. Nada.
...
Días después, el protocolo de recuperación de Rafael requería traslados constantes a las zonas de escaneo. El pasillo principal, una arteria de acero y luces blancas, era el camino habitual, pero hoy, una falla técnica en el sistema de seguridad obligó a los guardias a desviar el curso por el sector de confinamiento especial: el Ala de Crianza.
Rafael caminaba escoltado, con sus sentidos en alerta máxima, hasta que se detuvieron frente a una celda de contención con un frente de acrílico reforzado. A través del vidrio, lo vio.
Leo estaba allí, sentado directamente sobre el suelo metálico, sin nada que lo cubriera. Su cuerpo, antes atlético y orgulloso, ahora era una silueta de huesos marcados y piel ajada. Llevaba únicamente su arnés de sujeción, con las pesadas cadenas de contención enredadas en sus extremidades y ancladas a las paredes de la celda. Al notar la presencia de alguien, Leo intentó reaccionar, pero sus movimientos fueron penosamente lentos, cargados de una fatiga profunda. La vergüenza lo golpeó con más fuerza que cualquier latigazo: al verse tan expuesto, tan despojado de toda dignidad, Leo intentó encogerse, haciéndose una bola en la esquina de la celda, intentando ocultar su rostro entre las rodillas, buscando en vano esconderse de la mirada de su hermano.
Rafael se detuvo en seco, sintiendo que el mundo se le venía abajo. Sus ojos recorrieron la delgadez extrema de Leo, la forma en que los omóplatos se marcaban bajo la piel pálida, los rastros de un abuso que no solo era físico, sino una anulación total de su identidad. Ahora que sabía la verdad —que esa fragilidad era el resultado de tres procesos de gestación forzada y el agotamiento de su cuerpo—, la bilis le subió a la garganta.
—¡Leo! —rugió Rafael, golpeando el acrílico con los puños encadenados.
Al escuchar esa voz, Leo se estremeció violentamente, pero no levantó la mirada. El hecho de que Rafa estuviera ahí, siendo testigo de su estado, era la tortura final. Se hizo aún más pequeño, ocultando el rostro mientras sus manos, temblorosas y encadenadas, se aferraban a sus propios brazos.
La furia de Rafael se encendió, una llama negra que no dejaba lugar a la compasión, solo a una rabia asesina contra quienes habían reducido a su hermano, el líder, el guerrero que siempre admiró, a este espectro maltratado y desnutrido. La imagen de Leo, tan débil que apenas podía sostener su propio peso, lo destrozó por dentro.
—¡Malditos miserables! —bramó Rafael, forcejeando con una fuerza inhumana contra los guardias—. ¡Mírenlo! ¡Es mi hermano, no es un animal para sus experimentos!
Leo soltó un jadeo ahogado, un sonido quebrado que escapó del bozal. Quiso decirle que no lo mirara, que no sufriera por él, pero la debilidad lo venció. Su cuerpo se sacudió por un espasmo de cansancio
—¡Camine, espécimen! ¡Ya ha visto suficiente! —gritó uno de los guardias, propinándole un golpe brutal en las costillas a Rafael para obligarlo a avanzar.
Rafael fue arrastrado lejos de la celda, pero sus ojos permanecieron clavados en la figura de Leo hasta que el ángulo del pasillo lo ocultó. Mientras los guardias lo llevaban de vuelta a su celda, la furia de Rafael se transformó en algo gélido, una resolución absoluta. Ya no solo quería escapar; ahora quería ver arder cada laboratorio, cada escáner y cada rincón de esa pesadilla. El recuerdo de Leo, en aquel rincón, hecho un ovillo de vergüenza y dolor, era una sentencia de muerte para todos los responsables.
...
Para Leo, el tiempo se había convertido en un concepto abstracto, una corriente de agua estancada que ya no podía medir. No había sol, ni luna, ni ciclo que marcara el paso de las horas; solo la luz ámbar y persistente del Ala de Crianza. Su reloj biológico estaba destrozado, aniquilado por el trauma de los ciclos pasados, y su cuerpo, una vez forjado para el combate, ahora parecía pertenecerle menos que nunca.
Se pasaba los ciclos recostado sobre el sustrato frío, encadenado y sin más protección que el arnés de contención que le ceñía el torso. Era apenas una sombra de lo que alguna vez fue el líder de sus hermanos. La confusión mental solía ser su único refugio, un velo espeso que lo protegía de la cruda realidad de su cautiverio. Sin embargo, tras el encuentro con Rafael en el pasillo, aquel refugio de neblina se había rasgado para siempre. La imagen de su hermano, magullado y encadenado por su misma desgracia, se había convertido en un grito silencioso que perforaba su letargo.
Su única fuente de energía era la mezcla que los técnicos suministraban a través de los conductos automatizados. No era sustento, sino un cóctel diseñado para la estabilización clínica. Leo observaba los sensores parpadear, tratando de engañarse a sí mismo pensando que la calidez que sentía en sus venas era solo el efecto de la medicina reparando sus heridas. Pero, con una claridad cruel, la verdad se filtró a través de la neblina química: los técnicos no estaban solo reparando los daños de los ciclos pasados.
Al analizar las sutilezas de la mezcla que recorría su organismo, comprendió con horror que el cóctel de estabilización incluía un componente adicional. No era solo medicina. Entre los sueros regenerativos, oculto en la fórmula, estaba el agente químico específico que utilizaban para preparar su cuerpo para el apareamiento.
El descubrimiento le heló la sangre. El Cazador no solo lo estaba curando para mantenerlo funcional; lo estaba refinando y preparando activamente, asegurándose de que, en cuanto introdujeran a Rafael, su organismo estuviera en el punto óptimo de receptividad. La traición era absoluta: su propio cuerpo, bajo los efectos de aquel químico, ya comenzaba a responder con una docilidad mecánica que él detestaba con cada fibra de su ser. Estaba siendo preparado para su propio abuso, y el peor castigo era sentir cómo su biología empezaba a conspirar contra su voluntad.
No. Esto no.
Leo apretaba los dientes, tratando de encontrar anclaje en el dolor de su caparazón, donde las marcas de los pernos de sujeción aún palpitaban. La química exigía rendirse, le exigía dejarse reparar para el siguiente uso, pero su mente, antes dispersa, se aferraba ahora a una sola prioridad: Rafael. Era una guerra interna devastadora. Se sentía como un guerrero que luchaba en dos frentes: por fuera, contra la droga que obligaba a su cuerpo a traicionarse y recuperarse para fines ajenos; por dentro, contra el cansancio abismal que le rogaba sucumbir al vacío.
Aunque su cuerpo era un cascarón roto y cada músculo le gritaba que ya no quedaba nada, la imagen de Rafael seguía allí, acechando en el centro de su voluntad. Leo yacía inmóvil, prisionero de su propia carne, observando cómo los sensores de la celda parpadeaban sobre él con indiferencia. Era un guerrero que había perdido la guerra contra su propia biología en medio de la podredumbre.
...
continuará...