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Traición

By: Leo0
folder +S through Z › Teenage Mutant Ninja Turtles
Rating: Adult ++
Chapters: 2
Views: 116
Reviews: 0
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Disclaimer:

Todos los derechos pertenecen a los creadores de los personajes, esta historia es sin fines de lucro. Advertencia, esa historia retrata temas oscuros.

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Roto

Leonardo estaba ahi recostado en el piso, esperando; acaba de tener un encuentro sexual no deseado y no había podido evitarlo.  Quería llorar, pero ni siquiera recordaba por qué. Se sentía vacío a pesar de la carga en su interior, el calor del semen le recorría las entrañas haciéndolo sentir lento y aletargado.


Recordó la primera vez que el cazador lo sujetó a aquel andamio de cuero y acero. La estructura de apareamiento.


En aquel entonces, su mente flotaba en un limbo anestésico, ahogado bajo una niebla química tan espesa que le robaba la noción del tiempo y del espacio. Leonardo había estado tan drogado, tan desconectado de su propio cuerpo, que no comprendió la magnitud de la violación hasta que fue demasiado tarde. Hasta que su mente despertó lo suficiente para darse cuenta de que su cuerpo, traicionado por la química y el instinto forzado, ya había cedido.


Habían sido un par de semanas de acondicionamiento previo. Lo preparaban para una penetración brutal, calculada para resistir el tamaño y la fuerza del ejemplar que habían conseguido. Esa sería su primera vez. Leonardo jamás había conocido la intimidad, ni el deseo, o la entrega. Pero al cazador le resultaba profundamente indiferente. Su inexperiencia, su pudor, su humanidad... nada de eso tenía valor en la hoja de cálculo de su verdugo.


El macho no era más que una mercancía, un espécimen prestado por otro laboratorio a cambio de un pago en créditos. A Leo no le informaron el precio, ni le importaba. En su estado de disociación, solo sabía una cosa, cuando las inyecciones de oxitocina y hormonas sintéticas comenzaban a correr por sus venas, cuando el celo inducido encendía su sistema nervioso, era el momento de ser usado.


Lo más atroz no había sido el acto en sí, sino las semanas previas. Lo alistaban con objetos fríos y metálicos en intervalos calculados, estirando su cuerpo, forzando su anatomía a aceptar una invasión que su alma rechazaba. Y lo mantenían drogado, alterando su química cerebral para generar una necesidad artificial. Lo obligaban a desear lo que lo estaba destruyendo. Le habían robado no solo su cuerpo, sino su propia mente, convirtiéndolo en un prisionero dentro de un cerebro que suplicaba por sus propios verdugos.


Flashback… —Ciclo matutino. Preparación para inseminación de la Camada—anunció el cazador, sin levantar la vista de su tableta digital—. Q-04, posición de marcha.


Al escuchar el comando, el cuerpo de Leonardo reaccionó antes que su mente. El condicionamiento pavloviano, grabado a fuego en sus músculos, lo obligó a activarse con una presteza que hizo crujir sus articulaciones. Se levantó de golpe. Sus garras rasparon el suelo de cemento mientras retrocedía tres pasos y se dejaba caer en una postura de sumisión perfecta, extremidades semiflexionadas, cabeza gacha y el plastrón rozando el suelo frío, esperando en silencio a que el asistente le enganchara la barra de sujeción al arnés de su caparazón.


—Traigan el arnés de suspensión —ordenó el cazador con voz clínica—. Es hora de posicionar a la hembra.


Los dos asistentes se movieron con una sincronía ensayada mil veces. Engancharon las cadenas del armazón móvil a las anillas laterales del de cuero. El sonido de los mosquetones al cerrarse —un clack seco y definitivo— resonó en el búnker como el disparo de un arma.


—Tracción inicial —indicó el cazador, anotando algo en su pantalla.


El motor eléctrico de la polea emitió un quejido agudo. Las cadenas se tensaron, y el cuerpo oliva de Leo comenzó a ser elevado. Sus garras delanteras permanecieron firmes en el suelo, pero sus cuartos traseros fueron suspendidos en el aire, forzando su pelvis a quedar a la altura exacta del plastrón del macho que esperaba en la otra cámara. La posición era de una vulnerabilidad anatómica total. Una correa de lona le apartó la cola a la fuerza, dejando expuesta su vulva, cuyos pliegues rosados relucían bajo la luz estéril de los neones debido al gel conductor que los hombres le habían aplicado con un cepillo industrial.


El cazador se acercó y retiró el último dilatador. La hembra estaba lista para la monta.


En ese instante, la mente de Leo, atrapada en la disociación, recordó lo que había sido. Una vez fue el líder de un Clan. Un guerrero que había peleado contra invasiones y guerras para proteger su mundo. Y ahora, gracias a la humanidad que alguna vez juró defender, estaba allí; colgado como un canal de carne en un rastro industrial, emitiendo un siseo bajo y sumiso a través del bozal cada vez que las cadenas se ajustaban un eslabón más.


El recuerdo de su captura ardía como una herida abierta en su memoria. Venía de vuelta a casa, exhausto, hambriento, desorientado. El cazador había llegado con la fuerza de un ejército. Leonardo había peleado; se había defendido con todo lo que tenía, con garras, dientes y katanas. Pero al final sucumbió a la desnutrición, a las enfermedades, a la soledad abrumadora de estar muy lejos de casa.


El cazador, sin embargo, no buscaba un guerrero. Lo quería como perro de caza. Ese era el plan original. Pero después de varios exámenes, descubrieron que la tortuga era, de hecho, hermafrodita, y lo mejor, poseía un sistema reproductor femenino activo y fértil. El hombre, sin dudarlo un segundo, cambió la designación del activo. De cazador a incubadora.


—El Espécimen Q-04 está posicionado y asegurado —informó uno de los asistentes, apartándose para dejar libre el espacio de acceso—. La dilatación es óptima para la penetración basal.


De una puerta hidráulica adyacente, los hombres arrastraron al macho. Era otra tortuga mutante cautiva, enorme en comparación con el tamaño de la hembra elegida. Agresivo, salvaje, con garras que podrían destrozar el metal. Sin embargo, el cazador roció un cóctel químico desde un atomizador sobre la criatura recién llegada.


El impacto fue inmediato. Era un concentrado de feromonas sintéticas combinadas con un agente vasodilatador de acción rápida. En menos de cinco segundos, la bestia se acercó a la hembra, olfateándola con gruñidos guturales antes de posicionarse. No había deseo en sus ojos, solo la furia ciega de la química para la monta.


El pene de la tortuga gigante creció grande, gordo, floreado, listo para destrozar a la presa que esperaba inmóvil, el macho se acercó hasta que su plastrón impactó contra el trasero escamosas de la hembra. El contacto de la piel oliva con la suya provocó un espasmo en el mismo. Vio los ojos de Leo de reojo; la tortuga suspendida no se retorcía, no luchaba contra las cadenas. Al sentir la proximidad del macho; simplemente arqueó el lomo un centímetro más, facilitando la inserción en un automatismo biológico perfecto que terminó permitir la cría de manera adecuada.


—Comiencen el registro del tiempo de monta —dictó el cazador al fondo de la celda.


La punta floreada del pene estaba dentro. El macho avanzo con fuerza sin medirse o tener cuidado en introducir la gran polla en el interior de la hembra, fijando su figura sobre el caparazón de la misma. Cuando estuvo completamente dentro, comenzó a moverse, primero lentamente, luego acelerando.


-Programen chequeo cada 2 minutos para iniciar el conteo, debemos obtener las cargas necesarias que nos permitan asegurar la cría. Si logramos que la hembra quede grávida en esta primera monta les daré un bono- Aclaro el sujeto como si hablara de un simple negocio.


Los ayudantes se emocionaron, sabían que los especímenes eran codiciados en el mercado negro, una especie única.


Leo gruño levemente sentir la penetración, pero se mantuvo firme como le comandaron. El arnés lo mantenía en la posición adecuada, para obtener el mejor resultado, considerando su estructura y sistema reproductivo, él permitía esa profanación simplemente para obtener el premio de la doble ración de nutrimentos prometido. Su cuerpo se movía levemente con el vaivén del objeto grande y carnoso que lo atravesaba; su amo lo había entrenado bien, lo estuvo preparando desde semanas atrás; manteniéndolo abierto, masturbándolo con diversos dispositivos, que metía y sacaba cuando estaba leyendo o entre sus misiones. él tenía que ponerse en posición de marcha mientras el humano lo penetraba con los objetos plásticos sonriendo cuando se quejaba; y fue ahí, con él que perdió su virginidad; pero era parte del plan del cazador, preparar la vulva para que pudiese aceptar al macho con facilidad. La mirada chocolate vacía, seguía enfocando la pared frontal, sin removerse o pelear por lo que estaba sucediendo con su cuerpo, aceptando su destino como una buena hembra de cría.


El golpeteo de la penetración seguía agitándolo suavemente; dolía, se sentía extraño, más cuando el macho acelero. Entonces no pudo evitar gemir tras el bozal. Las sensaciones eran diferentes, le creaban escalofríos que recorrían su cuerpo entero, con la vara larga, gorda e imponente del macho entrando y saliendo de su vulva dilatada, húmeda receptora. Cerro los ojos recibiendo todo.


El macho se detuvo agarrándola con sus gigantescas garras, creando heridas en sus costados, el cazador sabía que tendrían que tratarlas más adelante, pero no la mataría. Gimió moviendo levemente el trasero, aún no estaba cargado, pero los hombres sabían que era un proceso, la primera carga comenzó a brotar del macho, era su primera vez también por lo que era inexperto, el calor del semen de tortuga lo invadió junto con la sensación de un líquido caliente recorriendo su cuerpo, invadiendo su interior; asentándose en cada parte del sistema reproductivo, fertilizándolo y dándole huevos. Llenando a la hembra atada nuevamente. El cuerpo del macho cubría a la tortuga hembra, mientras seguía moviéndose. Podía sentir la carne suave y tibia del interior de su criadora; así como esas extrañas sensaciones al acariciar el interior suave con cada golpe.


Leonardo tenía escalofríos que le recorrían por completo el cuerpo, aun así, se mantuvo receptivo, quieto, ayudando a facilitar su profanación; cuando se le ordenaba con la orden de sumisión extrema, él levantara más el cuerpo para que el pene no disminuyera la profundidad de la penetración, permitiendo que la monta fuese perfecta.


Se mantuvo firme mientras era follado por el pene del macho, sus músculos abdominales se tensaron levemente contra las correas mientras el instrumento carnoso abría su anatomía, exponiendo los tejidos para reproducir. El dolor no se dio no en la invasión profunda y sorda. Si no en la presión que se clavaba en lo más hondo de su pelvis.


Un gruñido suave debajo del bozal, fue lo único que emitió.


Leonardo sintió el roce de la polla, que se abrió fijándose en su interior, en el cuello uterino. Una flor que se abrió y descargo todo lo que el macho tenía por dar. No sabía que ese pene estaba atravesando la barrera que separaba su yo interior del mundo exterior, llevando consigo una carga que no había elegido.


Un líquido viscoso y caliente fue inyectado a presión en su cavidad. Leo sintió cómo su cuerpo reaccionaba instintivamente. Un espasmo involuntario recorrió su bajo vientre, una contracción que su cuerpo interpretó como una señal de aceptación, preparando el tejido para la implantación. Se mantuvo quieto, estaba colaborando con sus verdugos.


El macho lo mordió en el hombro, Leo Gruño agitándose suavemente por el dolor, pero el cazador se acercó sujetándola del collar.


-Quieto Q-04 Comando con frialdad, La hembra detuvo el movimiento enfocando los pies de su dueño, postrado nuevamente a su merced, llena, con la gran masa sobre él, atado a la prensa de apareamiento, abierto al límite, con el pene grande gordo y floreado del macho en su interior llenándolo.


-Tenemos confirmación, exclamo uno de los asistentes, quienes vieron al macho se retirarse, saliendo del cuerpo profanado con facilidad, ocultando su miembro lentamente después de haberse cogido a la hembra. Los humanos lo alejaron con la cadena, Leonardo sintió una sensación de vacío y ardor, el cazador se acercó observando el vientre con una satisfacción gélida, mientras lo tocaba examinándolo.


Leo en cambio, no se le veía satisfecho, para él ese proceso no era más que un compromiso biológico que su dueño le había comandado, como lo era cazar o rastrear. A su lado los hombres que observaron el proceso con saña, rieron levemente. El cazador en cambio analizaba los datos con frialdad, ignorando las sensaciones de los especímenes, lo importante eran los datos en su tableta.


No eran más que simples animales sin derechos, capturados para obtener ganancias en mercados prohibidos.


-Perfecto, todo salió como se esperaba- Exclamo.


La hembra cargada, colgada aún del dispositivo emitiendo gemidos suaves que provenían de su hocico recubierto con el bozal, aunque seguía mirando al frente, dejándose manipular.


La tortuga grávida se mantuvo en espera. El cazador observo la forma suspendida analizando el coño húmedo, rebosante de semen. Sin retirarse hizo una señal a sus ayudantes, quienes llevaron la charola instrumental. El hombre tomo otro dildo, uno más pequeño, pero ancho en la parte exterior.


-Esto se asegurará de que la carga se quede dentro y no haya errores en la monta- Finalizo metiéndolo sin consideración. Leo gruño con suavidad, pero no reacciono de otro modo.


-Bien hecho Q-04, al parecer ganaste tu ración doble a pesar de tu macho- Susurro acariciando el caparazón de la criatura que emitió un ronroneo suave agradecida por el trato. El cazador continúo recompensándola con caricias; y al mismo tiempo remarcando la posesión sobre la misma. Paso la mano por la vulva ahora llena y bloqueada con suavidad, así como el plastrón asegurándose de que todo estaba en orden.


-Tan llenita mi tortuga, un criador perfecto, completamente sumiso y receptivo a las necesidades de tu dueño. Me has hecho muy feliz con tu comportamiento el día de hoy Q-04. Ahora vamos a procesarte- susurro levantándose. Los hombres comenzaron a bajarlo al piso, donde la sostuvieron para colocar el arnés completo nuevamente, sellando el agujero cargado, liberando la cola para colocar la pesa que sostenía dicho apéndice hacia abajo una vez más.


-Déjenlo en el cuarto de observación para confirmar que todo esté bien, y que reciba atención médica para esas heridas antes de llevarlo a la cámara de gestación- Comando. Los ayudantes asintieron tomando la correa recién atada al arnés.


El cazador sonó el silbato, Leonardo marcho con los ayudantes a cuatro patas, manteniendo esa misma mirada vacía que le domino en todo el proceso, como si no acabara de ser profanado. Sólo camino al lado de los humanos completamente sumiso y obediente.


-Esta es la primera de muchas montas exitosas al parecer, una excelente matriz - Susurro el sujeto sonriente. -En cuanto estén los resultados finales lo colocaremos en el corral de cría; ese será su hogar por el resto de su vida útil- Finalizo mientras se llevaban al macho.

...

Leonardo había sido examinado minuciosamente antes de ser trasladado a la sala de gestación. Aquel espacio distaba mucho de las celdas comunes de concreto húmedo; era un cubículo de contención sellado al vacío, una burbuja estéril donde el aire siseaba al filtrarse a través de purificadores de atmósfera controlada. Cada rincón había sido diseñado con una precisión obsesiva para erradicar cualquier rastro de estrés ambiental, ese enemigo invisible que, en los reptiles mutantes, podía desencadenar una reabsorción embrionaria espontánea o un fallo fatal en la calcificación de los huevos.


Dentro, la penumbra era casi absoluta, apenas interrumpida por una lámpara de espectro selectivo suspendida en el techo. Su luz ámbar y tenue simulaba ciclos fotoperiódicos atenuados, diseñados para alterar la noción del tiempo de Leonardo, borrando la frontera entre el día y la noche hasta disolverlas en una vigilia eterna.


Ahora que estaba grávido, con el plastrón peligrosamente distendido por la presión de las posturas en desarrollo, Leonardo fue confinado en aquel receptáculo metálico climatizado. Las correas magnéticas ancladas al suelo lo obligaban a mantener una posición de genuflexión —arrodillado, con el torso inclinado hacia adelante—, forzándolo a acomodarse sobre una plataforma de sustrato estéril y arenoso. La arena, tratada con fungicidas, se adhería a su piel mientras él intentaba ignorar la vibración constante y sorda de los sistemas de soporte vital bajo sus rodillas.


A través del enorme cristal de observación que dominaba el frente de la cámara, su vulnerabilidad quedaba expuesta ante el ojo del criador. No había privacidad, ni sombras donde refugiarse. Permanecía monitorizado las veinticuatro horas por un sistema de telemetría veterinaria conectado directamente a los pernos de titanio anclados en los márgenes de su caparazón. En la oscuridad, pequeños sensores LED parpadeaban con un ritmo clínico, registrando en tiempo real su frecuencia cardíaca, la conductividad de su piel y los niveles críticos de progesterona en su sangre.


A su lado, el goteo rítmico de un dispensador automatizado le administraba nutrientes de alta densidad calórica y calcio industrial. Era un combustible sintético y gélido, la única garantía contra la descalcificación ósea; Leonardo no era más que una matriz biológica que debía preservarse a toda costa.


El entorno no buscaba su bienestar, su salud mental, ni su dignidad. Buscaba el resguardo absoluto de la carga genética que portaba. Para el criador, Leonardo había dejado de ser un individuo; era una incubadora invaluable, una inversión premium destinada a ser preservada, vigilada y exprimida hasta que su cuerpo no tuviera nada más que ofrecer.

...

Así pasó una temporada completa, vigilado constantemente, monitoreado bajo un control estricto para evitar la descalcificación o cualquier otra anomalía que impidiera el desove.


Para Leonardo, el infierno comenzó meses después con un calambre sordo en la base del plastrón, que pronto mutó en un desgarro interno; una presión insufrible que le triplicó el pulso. De pronto, el instinto reptiliano despertó como una bestia ciega. Febril, bañado en sudor frío y con la mente nublada por el dolor, Leo comenzó a raspar frenéticamente la arena del suelo: necesitaba excavar. Requería un maldito refugio que no existía. Sus garras se estrellaban y se doblaban con desesperación, la piel de sus dedos se abrió, pero no podía detenerse; la urgencia biológica de «hacer un nido» lo dominaba por completo, arrastrándolo a un frenesí salvaje que le arrebató, a jirones, cualquier rastro de dignidad.


Leo cedió. Con la frente pegada al suelo congelado, arqueando la espalda y jadeando en una agonía pura, sintió las contracciones violentas que le destrozaban las entrañas para empujar la carga hacia afuera. Cada espasmo era una violación a su propia naturaleza. Con un gemido desgarrado que pareció arañar los cristales, su cuerpo expulsó el primer espécimen.


Fueron ocho en total. Masas ovoides que cayeron sobre la arena; él comenzó a cubrirlas por puro instinto, mientras las lágrimas surcaban su rostro, fruto del dolor insoportable que experimentaba. La alarma sonó en cuanto iniciaron las contracciones; no pasó ni un minuto tras el desove cuando los hombres irrumpieron. Abrieron la cámara, engancharon su collar y lo arrastraron hacia otra sala estéril, donde trataron sus heridas con la misma frialdad clínica con la que lo habían criado, para finalmente dejarlo atado, a la espera.


Leo yacía postrado, adolorido y herido, sumido en una absoluta apatía. ¿Era de día o de noche? La noción del tiempo se desdibujaba por completo en aquel centro de experimentación. Agotado, terminó por recostarse, permitiendo que el sueño lo venciera para mitigar el ardor en sus entrañas.


Tiempo después, su dueño regresó. Con manos que fingían ternura, acarició su caparazón, lo inspeccionó y lo felicitó por el trabajo bien hecho.


—Eres tan perfecto, Q-04. Me has hecho inmensamente rico, y lo mejor es que aún vendrán muchas más ganancias —exclamó mientras le prodigaba caricias.


Leo no pudo replicar; el pesado bozal de neopreno se lo impedía. Aceptó los halagos sin comprender del todo, con la mente nublada y el cuerpo en un estado deplorable. Sin mediar más palabras, el hombre se puso de pie para abandonarlo en aquella habitación estéril. Antes de salir, ajustó el anclaje de su collar, dejándole un margen de apenas cuatro o cinco metros de correa para que pudiera moverse y acomodarse sin lastimarse.


Fin del flashback.

...

Una vez más, estaba allí. Esperando un veredicto, cuestionándose si realmente deseaba seguir existiendo ahora que la cordura había regresado a su mente. Ya no quería ser la «tortuga de cría». Se incorporó con lentitud, sacudiendo el cuerpo; se sentía pesado, letárgico, adolorido y exhausto. Sin embargo, los técnicos no mostraban la misma crueldad que el dueño; regresaron pronto y lo voltearon con cuidado, dejando su vientre expuesto para curar sus heridas, limpiar la suciedad de su caparazón y asearlo. Leo se dejó hacer, agradeciendo aquel leve alivio tras tanto tormento. Cuando terminaron, los hombres recogieron sus herramientas y se retiraron. Él permaneció acostado, aguardando la llegada del cazador. No tenía ninguna prisa por moverse.


El cazador regresó poco después. Sus pasos resonaban con cadencia autoritaria en el pasillo estéril, y Leo no necesitó verlo para saber que era él; el olor a cuero y tabaco lo delataba.


—Vamos, Q-04. Es hora de descansar —dijo el hombre con una voz que fingía calma, aunque sus dedos apretaban con una fuerza contenida el extremo de la cadena.


El tirón del arnés fue firme, pero no brusco. Leo se incorporó sobre sus cuatro extremidades, sintiendo cómo el peso de su caparazón presionaba contra su espalda lacerada. Sin una queja, sin un gruñido, comenzó a avanzar. Sus garras raspaban el suelo metálico con un sonido rítmico, casi hipnótico. El cazador caminaba detrás, vigilante, con la cadena tensa, pero sin estrangularlo.


Recorrieron los pasillos en silencio. Leo no levantaba la vista; sus ojos estaban fijos en las juntas grises del suelo, contando los azulejos para no pensar en nada más. Sabía hacia dónde lo llevaba, al área de reposo. Al menos una semana encadenado, sin sesiones, sin extracciones. Solo el vacío.


Al llegar, el cazador abrió la puerta de una estancia más amplia, con paredes acolchadas y un lecho bajo en el centro. Lo guio hasta el borde y, con un movimiento practicado, lo ayudó a subir. Leo se acomodó con dificultad, sintiendo cómo las heridas de su caparazón se irritaban al contacto con la tela suave.


El hombre ajustó el anclaje de la cadena a un punto fijo en la pared, calculando la longitud exacta para que pudiera moverse sin lastimarse, pero sin alcanzar la puerta. Revisó el arnés, comprobó que no estuviera demasiado apretado y luego retrocedió un paso.


—Descansa, Q-04. Te lo has ganado —murmuró antes de salir. La puerta se cerró con un clic metálico y Leo quedó solo.


No era la primera vez que lo trasladaban allí. Recordaba otras ocasiones en las que, al despertar de la anestesia con la mente nublada, la furia lo consumía. Recordaba cómo recuperaba la conciencia y cómo el instinto de huida lo dominaba, peleaba, mordía, arañaba con sus garras. Luego corría, arrastrando la cadena tras de sí, convencido de que, esta vez, alcanzaría la salida. Pero nunca llegaba.


Siempre lo capturaban a medio camino, en los pasillos, con las fuerzas agotadas y el cuerpo temblando. Lo arrastraban de vuelta, lo sedaban, y él despertaba una vez más en el área de gestación, acumulando heridas y perdiendo lo poco que le quedaba de esperanza.


El cazador lo sabía. Por eso hoy había sido tan precavido; por eso lo había tratado con una paciencia que no le era natural. No estaba dispuesto a lidiar con un intento de fuga esa tarde.


Leo cerró los ojos. No tenía fuerzas para pelear hoy. Tal vez mañana. Tal vez nunca. Estaba roto.


...


Continuará...







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